En homenaje a Borges y su concepción de las bibliotecas como paraísos, en recuerdo de Verlaine y todos los poetas malditos, edito este blog para que mis alumnos puedan recoger todas sus lecturas y sus creaciones. Porque aún tienen toda una vida por hacer, pero yo ya estoy a mitad de camino.

Límites

Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar.
Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos,
hay un espejo que me ha visto por última vez,
hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
hay alguno que ya nunca abriré.
Este verano cumpliré cincuenta años;
La muerte me desgasta, incesante.

Jorge Luis Borges.

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jueves, 17 de junio de 2010

La carta está sobre la mesa...

Esas fueron sus últimas palabras. Está claro que se dejó algo en el tintero. No dijo todo lo que tenía que decir. Ella lo miró, pero ya era tarde. Sus ojos se habían cerrado para siempre. Millones de imágenes pasaban por su cabeza en ese mismo instante. Nadie podía comprender su dolor, la única persona que la había querido durante toda su vida, su único amor acababa de morir en sus propios brazos. Y todo aquello, sin un adiós, sin esas últimas palabras bonitas, nada. Pero aún había esperanza, sin pensarlo miró a su alrededor, el mobiliario no era abundante y la habitación blanca, era inmensa. Las lágrimas que brotaban por sus ojos le impedían ver con claridad. Finalmente, a lo lejos pudo distinguir una pequeña mesita azul. Corrió y corrió todo lo que pudo, pero la habitación parecía cada vez más grande y más grande, y tenía la sensación de no avanzar. El pánico se apoderó de ella. Sintió una corazonada. Miró hacia atrás. El cadáver de su marido había desaparecido dejando un rastro rojizo de sangre. Siguió con la mirada el rastro. Se dio la vuelta otra vez en dirección a la mesita. Esta vez consiguió llegar, lentamente. Leyó su nombre en un sobre blanco. Lo cogió. Lo abrió. Sintió el un cálido aliento susurrándole en la oreja. Podía oír la respiración de otra persona. Una mano se abalanzó sobre ella. La carta, llena de sangre, cayó al suelo.

jueves, 27 de mayo de 2010

Palabras...

La carta sobre la mesa... Allí, sola, bajo una densa capa de polvo. Hacía años que nadie había entrado en ese cuarto. Los muebles se amontonaban por el suelo, entre la suciedad. Los cristales, apenas traslúcidos ya, dejaban pasar una luz mortecina, que chocaba contra el suelo. Un pequeño espejo yacía roto en un rincón. La lámpara de araña colgaba del destartalado techo, a punto de caer, sujeta a penas al cable que la sostenía. La luz crepuscular entraba rasgada por los cristales. Luz melocotón que bañaba las paredes. Inevitable atracción. Ante ese espectáculo, la niña olvidaba el motivo por el que había acudido a aquel extraño lugar. La gente intentaba evitarlo, ya que decían que una terrible sensación se adueñaba de ti si te adentrabas en ella, invitándote a correr la misma suerte que su último inquilino. La niña volvió a mirar la carta. Permanecía intacta desde que el sobre había sido sellado. Nadie había querido leerla. Sin embargo, ella había llegado allí precisamente para eso. Quería descubrir qué secreto ocultaban aquellas palabras que daban miedo a todos. ¿Por qué el temor a las palabras? Pueden llegar a deshacer incluso al más intrépido de los hombres, al más fuerte de los dictadores, al más terrible asesino. Palabras... Ella estaba dispuesta a averiguarlo. La cuerda, colgada de la lámpara, le susurraba leves murmullos, balanceándose, protegiendo su eterno significado.